Liliwalk
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Distrito Centro

Bar Vizcaíno. Se prohíbe el cante

Ecos del cante prohibido

Se dice de quienes pasan largas horas en la puerta del bar Casa Vizcaíno que están “dándole a la pestaña”. Cuando llegamos, esta vez paseando con peques y grandes  en el marco del Liliwalk, se nos hace raro ser parte de esa clientela que mira, o mejor dicho escucha, más que hablar o saludar a conocidos. Fue fundado en  1934, en el corazón de la calle Feria y sobre el establecimiento de una casa de tejidos, de la que aún se conservan fotos en sus paredes actuales. Esta taberna y negocio de vinos sería regentada durante muchos años por Manuel Vizcaíno García Avilés, del que ya han tomado el testigo otras dos generaciones de Vizcaínos.

Considerado hoy día por muchos como uno de los templos sevillanos de la cerveza, todavía conserva los elementos del negocio original, tan característicos de las tabernas clásicas: el suelo cubierto de serrín, las cáscaras de cacahuetes y altramuces en el suelo, los barriles de manzanilla, oloroso y valdepeñas a granel, un par de camareros con mandil y la amplia cristalera de su fachada, que permite asomarnos a la barra de azulejos del interior. Abriendo la citada calle Feria a la Plaza de Montesión, Casa Vizcaíno está justo en el epicentro del famoso mercadillo de antigüedades de El Jueves, y una de sus muchas riquezas se ha hallado, históricamente, en su irrepetible clientela. En muchos casos, relacionada con la música y, de forma especial, con el flamenco.

En esta parada del recorrido, aprovechamos justamente para recordar un antiguo azulejo de esta taberna donde se podía leer la clásica advertencia “Se prohíbe el cante”–desaparecido, según nos cuentan, hace unos diez años. Hay quienes atribuyen la prohibición a la mala fama que adquirían estos establecimientos frecuentados por personas que, al embriagarse, solían animarse a cantar (en esencia, hombres de clase trabajadora que en el siglo pasado se desahogaban tras la jornada laboral); o bien a la costumbre de cantar por un plato de comida o por dinero. En el fondo, esta prohibición era una forma de penalizar la libertad de expresión y los versos críticos con el sistema dominante. Así, las Coplas Republicanas, las Murgas de Carnaval o los Cantes de Mina fueron censurados en algún momento, por utilizar la música y la literatura como instrumento crítico.

En la puerta del Vizcaíno tiene lugar uno de los momentos más emocionantes del paseo. Escuchamos los Fandangos Republicanos del Cabrero y repartimos libretos que acercan las letras críticas a nuestro tiempo: temas contra la Iglesia, como Catequesis de Sr. Chinarro, o textos muy críticos con la Sevilla actual, como Turista ven a Sevilla o Pumare-ho! de Pony Bravo. Incluso Alfonso se anima a cantarnos Estrategias de distracción, poema antiestablishment de Begoña Abad que interpreta y lleva al terreno musical Niño de Elche. Y así, distraídamente y cerveza en mano, el Vizcaíno se convierte ante nuestros ojos, y nuestros oídos, en altavoz para la resistencia y eco de lo prohibido.

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