La Muralla de Sevilla
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Distrito Centro

Callejón del Agua

Se hace evidente en esta mañana amenazada por la lluvia, un lunes cualquiera, mientras la gente sale y entra de sus oficinas, de sus casas: en ocasiones no hace falta más que observar, con una mínima atención y sin las prisas del día a día, para hacernos con las claves urbanísticas de la ciudad. Por ejemplo, cualquiera que haya visitado Sevilla conoce el famoso Callejón del Agua, que conecta los Jardines de Murillo con el Barrio de Santa Cruz. Pero, ¿por qué del agua?, nos podemos preguntar hasta que reparamos en un tramo donde se derribó la antigua Muralla de Sevilla y en el que apreciamos las tuberías de barro que servían para canalizar el agua de los Caños de Carmona hasta los jardines de los Reales Alcázares; pero también hasta las fuentes de la ciudad.

 

Y es que la capital hispalense ha llegado a albergar numerosas fuentes públicas, probablemente unas 300 en torno al siglo XVI, más o menos cuando el historiador y poeta utrerano Rodrigo Caro destacaba la existencia de “tantas fuentes que casi no hay casa principal que las tenga, con muchos huertos y jardines: lo cual, con otros reparos, en el más ardiente verano, junto con las suaves mareas que corren de ordinario, hacen la ciudad notablemente apacible, fresca y regalada”. Incluso antes, a finales del siglo XV, escribía el geógrafo y humanista alemán Jerónimo Münzer: “Hay en Sevilla mucha agua potable y un acueducto de 390 arcos, algunos duplicados por un cuerpo superior, para vencer el desnivel del terreno; va por este artificio gran cantidad de agua y presta muy buen servicio para el riego de jardines, limpieza de calles y viviendas, etcétera”.

 

El agua, ese elemento enriquecedor y omnipresente en la cultura de Al-Ándalus. En efecto, este ejemplo de ingeniería e ingenio hidráulico procede de la Sevilla almohade (aunque aprovechando el mismo recorrido que la anterior construcción romana), del mismo modo que la bellísima palabra adarve, usada para describir una calle que, como esta, discurre pegada a la muralla de la ciudad. Con unos 140 metros de longitud, comienza en la Plaza de Alfaro y desemboca en la calle Vida: el barro alfarero y el agua vital –para nuestra existencia y la de muchos otros seres. Junto a su trazado se encuentran los Jardines del Alcázar cuya cesión, en 1911, motivó el alzamiento de un nuevo muro de cerramiento, desde el callejón hasta el Paseo de Catalina de Ribera, tal y como se halla en la actualidad. Si se pasea por él sin multitudes, es este un corredor en verdad apacible, fresco y regalado (delicado, deleitoso). Incluso en un lunes cualquiera.

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