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Distrito Este-Alcosa-Torreblanca

ENTRE HUMEDALES AL ESTE DE SEVILLA

LA (NUEVA) VIDA VERDE DE TORREBLANCA

Entre humedales al este de Sevilla

 

Aquí estamos de nuevo, a la entrada del Parque de Torreblanca, un año después —al menos si omitimos el infausto 2020— de nuestro primer primer paseo de la mano de Torreblanca Verde, un colectivo de colectivos, potente movimiento ciudadano que, de un tiempo a esta parte, pretende generar y regenerar desarrollo social a partir de la conciencia medioambiental que, a fin de cuentas, es también memoria histórica de lo que en el último siglo, desde el origen del primer núcleo urbano en el año 1910, se ha ido sembrando (en todos los sentidos), y de lo que no.

 

Dos de las mayores virtudes de esta iniciativa son aspectos de los que hoy en día la clase política se llenaría la boca, y que aquí el vecindario ha ido construyendo a base de mudo esfuerzo y sana machaconería. Por un lado, la transversalidad del proyecto, que alcanza a prácticamente todos los ámbitos sociales, desde el ambiental al antropológico, educativo, histórico, patrimonial, urbanístico… Por otro, su carácter intergeneracional, que lo hace atrayente y permeable a todos los grupos de edad, propiciando además un riquísimo intercambio de saberes entre la población ya experta en su barrio —como le gustaría a Jane Jacobs— y quienes, incluso no habiendo nacido allí, ya lo sienten como suyo.

 

Es el caso de Lola, que estudia el doble grado universitario de Trabajo Social y Educación Social, y estos días se encuentra realizando sus prácticas en el Centro Cívico Torreblanca, una de las entidades implicadas en esta auténtica hazaña centrada en rescatar al barrio del ostracismo al que algunos lo han querido condenar. Ella será quien nos guíe y acompañe entre cada una de las cuatro postas principales de este itinerario, para que cumplamos los horarios previstos y no coincidamos en el mismo espacio con ninguno de los otros cinco grupos que, a lo largo de esta soleada y fresca mañana con la que estrenamos la primavera, pasean también por la zona.

 

En concreto y según nos explica Ángel Luis, director del centro cívico, caminaremos en un recorrido circular desde donde nos encontramos hasta el Parque del Tamarguillo, con el fin último de descubrir la importancia de los humedales para la vida. Vital es también, y un objetivo en sí mismo, intentar que la ciudadanía sevillana conozca estos dos parques. En el caso del de Torreblanca, “más que parque es un bosquecillo”, según Ángel Luis, que presenta brevemente el movimiento Torreblanca Verde y confiesa que ya tienen pensado el paseo para la edición 2022 de Jane’s Walk Sevilla. Tal es el entusiasmo que impulsa a este barrio. Pero antes de eso tenemos algo más de dos horas de ruta por delante, con una primera parada donde nos esperan organizadores de la tradicional romería de Torreblanca, “la que más ha mantenido el parque” en todos estos años en que ha quedado al margen de los planes municipales de mantenimiento.

 

Al llegar a ese punto, Francisco y Nicolás, miembros de la Hermandad del Inmaculado Corazón de María, nos explican que este evento se ha organizado desde el año 1958, “cuando Torreblanca aún estaba rodeada de campo”. Tiene lugar cada año durante el último domingo de septiembre y, según dicen, es la única romería de barrio que existe en Sevilla, aunque pase prácticamente desapercibida para la ciudad, como tantas cosas buenas que suceden aquí. Fue iniciada por trabajadores, albañiles y obreros que se juntaban en el antiguo bar La Frasquita (actual Ataraxia), lo que habla de su naturaleza genuinamente popular. De hecho, durante sus primeros años de actividad ni siquiera contaba con autorización expresa del Arzobispado, que no se solicitaría y concedería hasta 1964.

 

En la actualidad, esta romería ha llegado a concentrar a unos 36.000 asistentes, muchos de ellos foráneos, bajo el eucaliptal situado en el Polígono Aeropuerto. Para hacernos una idea de la magnitud de una reunión así, en Torreblanca la población se situará en torno a las 40.000 personas. Pero además de este peregrinaje anual entre ambos parques, que les da vida y popularidad entre el vecindario, la hermandad también aporta otro tipo de cohesión al barrio, por ejemplo a través de sus recurrentes campañas de recogida y reparto de alimentos para familias necesitadas, en colaboración con el Banco de Alimentos de Sevilla. Nos despedimos echando un vistazo a las fotos históricas de la romería, colocadas bajo los árboles que nos dan sombra para narrar en imágenes el hilo que ha ido tejiendo esta tradición de una generación a otra, y aceptamos de buen grado la invitación a venir para vivirla de cerca el próximo mes de septiembre. Como suele ocurrirnos en Torreblanca, será nuestra primera vez pero seguro que no la última.

 

Continuamos en dirección a la siguiente posta, donde nos esperan representantes del Grupo de Investigación en Bioingeniería TAR de la Universidad de Sevilla. Elena nos resume la propuesta por la cual se aspira a recuperar las dos lagunas del Parque de Torreblanca, que hasta 1992 estuvieron llenas, con agua procedente del llamado Canal de los Presos —obra de esclavitud del franquismo— y el visto bueno de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir. La idea es dar lugar a una reserva para que las aves que pasan por este punto, procedentes de Doñana, reposten y hagan noche. “Si no hay pernoctación no hay dinero, como dice el alcalde”, bromea un paseante. Por ese motivo se ha proyectado una torre inclusiva de avistamiento. Pero hay otro uso previsto para la zona, según nos cuenta ahora Julián, catedrático y coordinador de este Grupo TAR: convertir las lagunas en espacio de ocio para que la población sevillana pueda venir y atravesarlas en barca.

 

De hecho, antiguamente esto era un muelle embarcadero, según rememora Juan, hortelano que se ha acercado a compartir sus recuerdos de una época en que el agua seguramente procedía de fugas en el propio Canal de los Presos (fugas de agua, se entiende). Julián ya visualiza todo ese nuevo aspecto y su disfrute, y de hecho se autocorrige cuando le sale un verbo en condicional, porque solo quiere oír hablar de futuro, de promesas cumplidas y no de falsas esperanzas: “Si al mirar este paisaje veis dos agujeros, podéis salir corriendo. Pero si ya veis dos lagunas, vamos a meternos juntos”, dice, y anima a la colaboración ciudadana para formar un grupo de laguneros. Al fin y al cabo, Torreblanca Verde es una herramienta para el desarrollo social, por eso hace falta gente que espolee al Ayuntamiento de Sevilla a “gastar el dinero aquí en vez de en un Estadio de la Cartuja II. La naturalización propicia entornos saludables para muchos grupos de personas, no solo hombres de mediana edad, blancos y ricos”.

 

El tercer alto en nuestro paseo lo hacemos ya en el Parque del Tamarguillo, donde se nos desvela el valor de las acumulaciones de agua temporales, dependiendo de las lluvias, que se producen en torno al cercano cauce del arroyo Ranillas. De hecho, el terreno sobre el que nos detenemos estaba inundado hace apenas unos días. Pero aun así, las lagunillas que contemplamos constituyen verdaderos ecosistemas de una sorprendente bioversidad. Nos lo explican Jesús, Elena y Jairo, jóvenes integrantes de Ecourbe y Ecologistas en Acción, mientras se dedican junto a las niñas y los niños paseantes a descubrir esa vida oculta y casi desapercibida a primera vista: “Hay que observar, no solo mirar”, recomiendan. Esta zona es lo que se conoce como un ecotono, transición entre ecosistemas terrestres y acuáticos que resulta esencial para el equilibrio medioambiental y, por tanto, la atenuación del cambio climático.

 

Lo que se busca es conseguir que este espacio se catalogue como humedal temporal dentro del inventario autonómico, rescatando la condición que tuvo hace décadas (antes de que una base norteamericana lo limitase para controlar el riesgo de avenidas) y protegiéndolo. El hecho de que se ubique cerca del Mercadillo de Alcosa hace que, en ciertas áreas, pueda asemejar una escombrera, pero nuestros anfitriones nos recuerdan que esta realidad no es azarosa, sino “consecuencia de un modelo de ciudad”. Paradójicamente, este tipo de paisaje resulta imposible de hallar en parques urbanos muy cuidados, y no en vano de esta zona verde se espera que sea “útil y no solo un paraje estético”. Los reservorios de agua como este albergan una gran variedad de microorganismos, flora y fauna, lo que explica que aquí se encuentren más especies que en todo el resto de la ciudad. Muchas de ellas dependen de la supervivencia de este lugar, y por eso es crucial que la vida se siga abriendo paso en él.

 

En la última posta, ya cercana la hora del almuerzo, nos aguardan participantes del Grupo de Cajas Nido de Sevilla. Según nos cuenta Leonardo —también miembro de SEO Birdlife—, el colectivo surgió a partir de un taller de construcción de estos refugios para aves en el que coincidieron un grupo de amantes de la ornitología: “Es un entorno seguro, un búnker, pero no una trampa para pájaros”. Las cajas nido empiezan a ser imprescindibles porque cada vez hay menos huecos en los árboles para ciertas especies, algo que en Torreblanca también se debe a la amplia presencia de géneros poco dados a ello, como el eucalipto o el ciprés. Sin embargo, esta zona también se caracteriza por acoger “una cantidad increíble de aves, con más de cien especies censadas que irán en aumento”. Jilgueros, mirtos, verderones y verdecillos o tórtolas europeas (tan amenazadas hoy en día) son algunas de ellas. Incluso, relata Leonardo con los ojos brillantes de ilusión, ha pasado por aquí hace un rato un búho chico, más propio de los entornos boscosos. Las amenazas, no obstante, son patentes, desde la falta de alimento debido a la acción de las cosechadoras, que no les deja el margen que existía cuando la recogida era manual, hasta la persistente práctica de la caza, pasando por la construcción de miles de viviendas, ya proyectadas, en este entorno cuyo nombre iba a ser Parque Central de Sevilla Este. Y ya sabemos lo que abunda en Sevilla Este.

 

“No solo hay depredadores de cuatro patas, también los hay de dos”, señala Sergio. Él nos va enseñando e iniciando en los diferentes tipos de cajas nido que fabrica este grupo, todas preciosas y artesanales, elaboradas de principio a fin con material reciclado: tablas de palés, fondos de muebles, cajones de armarios, incluso aceite de freír que sirve para repeler insectos, impermeabilizar y camuflar. También aprovechan los tacos de los palés para dar refugio a las abejas solitarias. “Somos discípulos de Diógenes”, bromea sobre esa capacidad de reutilización. Este año se han fabricado cerca de 180 cajas nido, un tercio de las cuales han sido obra de niños y jóvenes, gracias a los talleres organizados en centros escolares. De hecho, en la página de este grupo en Facebook han compartido un manual para que cualquiera pueda construirlas y echarles una mano. Luego hay que mantenerlas, limpiarlas bien cada año, ya que las aves necesitan hacer su nido de cero en el inicio de cada nueva temporada: “Lo natural es que lo hagan así”. Sergio presume de un éxito de ocupación de sus cajas nido del 30%, aunque aquí no hay un plazo fijo para que eso ocurra, “hay que tener paciencia”.

 

Una lección que se suma a todas las anteriores que podemos extraer de este paseo: las tradiciones también pueden ser una forma de conocer y establecer un vínculo con el entorno; los sueños hay que creérselos para que sean compartidos y disfrutables para todo el mundo; más que mirar se ha de observar y, al mismo tiempo, ir más allá de las apariencias. A primera vista, Torreblanca podría ser un barrio periférico al que incluso cuesta asociar con la ciudad de Sevilla. Poco se sabe sobre lo que allí se hace, sobre todos los valores ambientales y humanos que crecen en sus espacios verdes, en sus calles y en las mentes y los corazones de quienes los habitan y nos abren sus puertas. Ahí va la mayor de las lecciones que nos ha dado esta mañana, la que engloba al resto: cuanta más gente piense y sienta lo que Torreblanca puede llegar a ser, más bonito y más provechoso será el siguiente paseo.

 

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