Ecología urbana
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Distrito Centro

Guerrillas verdes

Sembrando paraísos
Una crónica de Bruno Padilla
 
“Si ahora hay poco respeto por el Patrimonio, imaginaos hace 40 años”. Esta sentencia introduce a la perfección el primero de los escenarios por los que discurrió el paseo titulado Guerrillas verdes: los sorprendentes Jardines del Valle.  Precisamente se cumplía ese aniversario desde que en 1977 un grupo de estudiantes de la Universidad de Sevilla se atrevieran a saltar el muro que los ocultaba y los sacaran de su estado de abandono, denunciando el plan del Banco de Granada para destinar este espacio a bloques de viviendas. “Aquel asalto logró poner el foco en la especulación inmobiliaria”, comenta uno de los organizadores de Jane’s Walk Sevilla, Antonio Laguna, como presentación del itinerario. “Celebrar este acontecimiento histórico también demuestra que la ciudad es flexible y no está hecha, las cosas pueden variar”, señala, haciendo referencia a algunos de los lugares recuperados o rescatados por la ciudadanía que visitaríamos en las siguientes horas: desde los consolidados como el Huerto del Rey Moro a los ocupados de forma reciente, como el Jardín Liberado, pasando por otros espacios vacíos con un gran potencial, hasta los propios Jardines del Valle, hoy día ya reconocidos como parque público.
 
Uno de los protagonistas de aquella liberación de hace cuatro décadas fue Curro Oñate, quien a la sombra de una jacaranda nos da la bienvenida a este recorrido por la memoria, por sus propios recuerdos. Un narrador de excepción, ya que él fue uno de aquellos cinco estudiantes que formaban el Grupo Ecologista Autónomo de Sevilla (GEAS) y que combatieron en la bautizada como Batalla del Valle. Biólogo y profesor de secundaria en la actualidad, Curro nos cuenta la historia del antiguo convento franciscano y el colegio del Sagrado Corazón adjuntos a los jardines, y cómo el espacio quedó vandalizado cuando el Banco de Granada quiso ponerle precio. Fue entonces cuando aquellos jóvenes activistas empezaron a hacerse conscientes del gran tesoro natural que escondían aquellas ruinas. Así que un día se decidieron a adentrarse por las bravas, desde la azotea de unos vecinos cuya casa colindaba con los jardines por la calle Sol. “Fue como descubrir el paraíso en pleno casco urbano de Sevilla”, rememora Curro. Allí dentro empezaron a registrar con cámaras fotográficas la riqueza y variedad de árboles existente, además del lienzo de muralla almohade que aún hoy –gracias a aquella acción reivindicativa– podemos contemplar. Se trataba de imágenes clandestinas en aquella época, que el GEAS pretendía revelar.
 
“Estábamos tan entusiasmados que pasaba el tiempo y no nos dábamos cuenta”. Cuando llevaban una hora en los jardines, los vecinos que les habían franqueado el paso debieron de asustarse y aparecieron siete policías armados con escopetas de bolas. Los condujeron a la comisaría de la Macarena por invasión de propiedad privada, aunque ellos lo justificaron como las labores sobre el terreno de un estudio biológico. A la cámara de Curro le quitaron el carrete, pero otra pasó inadvertida para los agentes. Así lograron que las fotos salieran publicadas y que El Correo de Andalucía (“el periódico más famoso de Sevilla por entonces”) sacara una contraportada exigiendo que se actuara ante aquella barbaridad. “Contactamos con los ecologistas y también con Juana de Aizpuru. Hasta el alcalde nos llamó por la repercusión que tuvo aquello, y nos prometió que intentaría parar el proceso”, recuerda Curro. Tras la denuncia y la difusión del problema, la Comisión de Patrimonio impidió construir y, ya a mediados de la década de 1990, se haría una permuta de terreno con la entidad bancaria. El final, felicísimo, de esta historia ya lo conocemos: en 2010, los Jardines del Valle abrían sus puertas a la ciudadanía, restaurados y por fin públicos de forma oficial.
 
A continuación y de camino al Huerto del Rey Moro, nos detenemos en un aparcamiento al aire libre ubicado en el solar de la calle Cristo de las Cinco Llagas, entre la Iglesia de los Gitanos y la calle Sol. Allí, el activista ciudadano y asiduo de la lucha vecinal David Gómez, empieza a ejercer de guía crítico con el urbanismo mal planteado, nada debatido y (cuando sus propuestas podrían no ser malas del todo) jamás llevado a término. El urbanismo impuesto a golpe de planes, en muchos casos irrealizables. Como el PGOU 2006, cuando aquí se quería construir un equipamiento público deportivo y otro educativo. “Pero las cosas se hacen eternas en Sevilla”, nos recuerda Gómez, y así se llega al actual aparcamiento para residentes. Aunque podría haber sido peor: desde la Asociación Vecinal La Revuelta del Casco Norte, él y otros de sus integrantes han denunciado los aparcamientos rotatorios, que fomentan el acceso de un mayor número de vehículos al centro de la ciudad, “y parece que tuvo efecto”. Por fin parece que el Ayuntamiento se plantea construir un equipamiento educativo que podría dar respuesta a las quejas de muchas familias por el déficit de escuelas públicas en la zona. “Pero las asociaciones han de estar pendientes para que estos proyectos no se queden en el cajón de los olvidos”, señala Gómez con su lucidez habitual.
 
Siempre ha habido ocupación
 
Nada menos que 13 años han logrado los vecinos y las vecinas del Huerto del Rey Moro, como Soraya Salas, que este espacio perviva sin contribución alguna de las instituciones públicas. “Es todo un ejemplo de autoorganización”, nos dice orgullosa esta hortelana al saludarnos. Un lugar ocupado “cuando no era más que un descampado con margaritas” y que surgió “por la necesidad de un espacio verde en el casco antiguo de Sevilla”. Con un sistema asambleario en el que las decisiones se toman por consenso, el secreto del éxito del HRM parece residir en su carácter aperturista hacia el barrio e incluso más allá. Así, se han establecido redes con colectivos como el de madres y padres del Colegio Huerta Santa Marina –cuyo emplazamiento actual, por cierto, también comenzó siendo ocupado.
 
 Una de las iniciativas que mejor ha funcionado para esa apertura han sido las huertas y los bancales vecinales, que se pusieron en marcha “para ir quitando reticencias a quienes las tenían y que pudieran participar de forma activa”. En esencia, representa una forma más de entablar relaciones sociales y de intercambiar saberes, ya que “aquí nunca se está solo”. Como bien nos explica Soraya, en el Huerto del Rey Moro “se han hecho bastantes cosas y se ha sembrado mucho”: además de las huertas, que incluyen un programa infantil vinculado a las escuelas públicas de la zona, el espacio se presta a cualquier tipo de proyecto personal del vecindario; también se cede a colectivos sociales, a la manera de la Casa del Pumarejo; sirve de escenario para talleres y mercadillos que potencian formas alternativas de economía (ecológica y artesanal); y, por si fuera poco, ahora sabemos que contiene una gran riqueza arqueológica.
 
Esto nos lo revela Juan Luis Castro, que no en vano es profesional de este tema y viene estudiando y participando del HRM desde el año 2003. “El espacio se ha transformado en un vergel. Aquí sí que ha habido una dinamización del barrio de verdad, y no de broma como las que a menudo nos cuelan con ese término”, señala Juan Luis. En su opinión, se trata de un espacio “intocable desde el punto de vista arqueológico y patrimonial”, de ahí que pretendan iniciar una ruta arqueológica permanente para ponerlo en valor. Así, quienes lo visiten podrán descubrir, por ejemplo, los restos romanos de una posible villa. Aunque el topónimo evoca una más que probable presencia árabe en otra época, y es que como reflexiona Juan Luis, “siempre ha habido ocupación” en este enclave. Lo demuestran, también, los restos de una noria de los siglos XVIII-XIX, que habría sido reutilizada como lavadero en el llamado Corral del Membrillo, una vivienda vecinal adscrita al anarquismo junto al barrio de San Julián, lo que nos habla de la potencia de los movimientos obreros en la zona.
 
Pese a toda esta riqueza histórica, el PGOU de 2006 planteaba la construcción de 40 viviendas en este punto. Pero, ¿cuál es la situación urbanística del Huerto del Rey Moro a día de hoy? Al habla, Gómez: “Esto está ganado. No se cuestionan esas viviendas, pero sí el hecho de que se levanten aquí”. Así, desde su punto de vista, este espacio “representa un pulmón verde para la ciudad con un modelo consolidado de gestión que no pide recursos a la Administración”. Por ello, concluye, “da igual lo que pongan los planos, irán reflejando esta realidad”. Que viva el Huerto y que lo hagamos vivir.
 
Especulación y exilio
 
La siguiente parada de este paseo tiene lugar en la calle San Luis, en un gran espacio sin uso actual donde en 1.999 nació la popular Sala Endanza, un lugar para la cultura lleno de actividades y vida social. Propiedad del Marqués de La Motilla, el solar fue comprado para edificar viviendas de lujo y un aparcamiento subterráneo, al menos hasta que la empresa adjudicataria quebró. Fue entonces cuando, coincidiendo con el desalojo del antiguo Centro Social Ocupado y Autogestionado La Huelga, “este espacio se convirtió en un regalazo”, en palabras de Macarena Hernández. Así, en febrero de 2014 y hasta julio de 2015 (cuando fue desalojado sin siquiera notificarlo), el CSOA Andanza “mantuvo el hilo cultural que se había tejido en este espacio”. El actual Plan Especial de Reforma Interior de las Naves de San Luis, aprobado por el Ayuntamiento, prevé la construcción de viviendas protegidas y un total de 942 metros cuadrados para usos culturales. Pero, ¿qué hay del resto?, nos preguntamos, casi temerosos de hallar la respuesta.
 
 A continuación, seguimos la ruta por San Luis y nos detenemos en la Plaza del Cronista para fijar la mirada en un solar de 5.000 metros cuadrados que se extiende entre las calles Divina Pastora y Arrayán. Según nos cuenta Gómez, el PGOU de 1987 preveía aquí un centro escolar. 20 años después, sus antiguos dueños lo recuperaban porque no se había construido nada tras la expropiación. Así pues, “ahora el Ayuntamiento se verá obligado a expropiar nuevamente este espacio con nuestro dinero, es decir, esto es el requetepago”. Una recuperación que parece necesaria por la ya comentada carencia y reivindicación de colegios públicos que presenta la zona. Esta situación y este solar resumen el contexto en el que se ha desarrollado el urbanismo en Sevilla a lo largo de los últimos años: “De un plan a otro vuelven a anunciar viviendas públicas que no se construyen nunca, y lo único que se logra es seguir expulsando a familias por la especulación”, explica Gómez.
 
Son los males de la gentrificación y sus trágicos efectos, especialmente sobre la gente mayor: “Lo que peor llevan no es que los echen de sus casas, sino que los exilien de su barrio”, afirma este cronista en sí mismo de las sibilinas operaciones inmobiliarias del centro de la ciudad. “Cuando los empujan a dejar sus viviendas, les están cortando los vínculos sociales”, expone. Unas dinámicas que, lejos de estar remitiendo, han adquirido nuevos bríos merced a la oferta de apartamentos turísticos low cost, lo que está haciendo que mucha gente acuda de forma estacional y continúe el proceso de expulsión del vecindario histórico: “La gente lo vive con auténtica vergüenza, la mayoría de las veces no llegan a denunciarlo porque se les echa de sus casas en soledad y en silencio; no se enteran ni quienes viven en el bloque de al lado”.
 
A la liberación por el silencio
 
Aislado del ruido de la especulación inmobiliaria y del tráfico, a unos pasos del Mercado de la Calle Feria y al fondo de un pasadizo que da a la calle González Cuadrado, se abre un espacio sorprendentemente verde. Tan céntrico y tan recogido, casi oculto a ojos de cualquiera que no sepa de su existencia. Y sin embargo, aquí está el último espacio recuperado de la ciudad: el llamado Jardín Liberado (también conocido como Jardín Chico), donde nos recibe el arquitecto-urbanista Jaime Gastalver, que ha sido uno de sus impulsores. Definido por él mismo como “el último residuo del Gran Vacío de los años 80”, hace referencia a la tendencia de aquellos años a destruir viviendas –habitadas e inhabitadas– para construir otras muchas nuevas. “Sevilla era entonces una ciudad comanche, territorio de los gatos”, evoca Jaime, quien señala la gran oportunidad perdida para haber reinventado esta zona histórica.
 
 De ahí el valor que adquiere este reducto de unos 400 metros cuadrados, que pasó de solar-escombrera al magnífico jardín que es hoy día, donde destacan su entrada verde abovedada (“hay muy pocas de este tipo”) y la siembra por parte de un vecino de varios paraísos –árboles de la especie Melia azedarach L. Desde que se ocupó hace tres años, tuvieron claro que debían abrirlo, y así lo hicieron todos los sábados a lo largo de doce meses: “Un jardín se construye para que lo disfruten los demás”, dice Jaime, aunque sobre sus posibles usos este lugar también es diferente. Así, sus impulsores pretenden que sea “un espacio improductivo, dedicado al silencio, la contemplación y la poesía. No queremos un parque funcional”, aclara. Aunque se ubica en suelo municipal y el PGOU prevé la construcción de viviendas en este punto, llevaba 25 años cerrado y olvidado: “Algo que una ciudad deficitaria en espacios verdes como esta no podía permitirse”.
 
Por eso el colectivo al que pertenece Jaime ha preparado un proyecto de innovación para que el PGOU cambie la calificación del terreno a la de parques y jardines. Aquí, de nuevo, vuelve a abrirse el debate y a emerger las preguntas sin fácil respuesta: si llega a reconocerse como zona verde por el Ayuntamiento, ¿debería regularse la gestión del espacio? ¿Sería viable, como sugiere Jaime, un “experimento” de normativa para la cogestión ciudadana? ¿Y una encuesta-revisión colectiva del PGOU por parte del vecindario? ¿A quiénes se consideraría vecinas y vecinos del barrio? ¿Contribuimos también nosotros a la gentrificación? ¿Resultaría positivo catalogar el espacio como bien patrimonial o de esa forma estaríamos dándole la puntilla como en otros casos? Y tantas otras cuestiones que no hacen sino ahondar en uno de los puntos fuertes de este paseo: pensar y actuar (o viceversa) son verbos ciertamente liberadores. Ahora solo hace falta elegir dónde.
 
Guerrillas verdes, un paseo propuesto por:
David Gómez (Ecologistas en Acción), Cristina Cabrera (Huerto del Rey Moro) y Antonio Laguna (Jane’s walk Sevilla), con la participación de Curro Oñate, miembro fundador del Grupo de Ecologistas Autónomo de Sevilla (GEAS); Juan Luis Castro, Arqueólogo; Soraya Salas, vecina del Casco Norte y hortelana veterana; Jaime Gastalver, impulsor del Jardin Liberado.

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