Gestión del Patrimonio
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Distrito Centro

La Alameda de Hércules, ese oscuro objeto de deseo

texto Bruno Padilla // imágenes Jane’s Walk Sevilla
 
Auge y caída de un refugio contra el poder
 
¿Cuál es la Alameda de Hércules auténtica? ¿La de la prostitución y las drogas? ¿La aristocrática y señorial que intentó proyectar Balbino Marrón? ¿O bien la más familiar y turística, surgida tras la (pen)última remodelación de este espacio situado en el centro de Sevilla? Lo que parece claro es que «hay muchas Alamedas distintas, pero la historia se repite». Al menos, así lo entiende Rubén Andrades, historiador y director del programa de rutas culturales GuiArte, que en el marco de esta tercera edición de Jane’s Walk Sevilla preparó un paseo titulado La Alameda de Hércules: ese oscuro objeto de deseo. En efecto, es curioso comprobar que este lugar tan significativo en la ciudad ha provocado, de forma cíclica a lo largo de la historia, «una pugna constante por hacerse con él y darle una determinada connotación». El poder siempre parece tener grandes planes para la Alameda.
 
Sin embargo, el poder también reside en la ciudadanía (al menos el poder de reclamar), por eso es importante la opinión y la postura de quienes viven en esta zona de Sevilla, así como la de quienes vivimos la zona: yendo a tomar una cerveza, paseando al perro, asistiendo a sus eventos culturales o llevando a nuestros hijos a uno de sus parques infantiles. Rubén, nuestro guía, se considera casi un recién llegado a la Alameda de Hércules, aunque lleva ya seis años residiendo aquí. Como muchos de los paseantes, él también convivía a diario con este espacio sin conocer en profundidad su origen, su evolución y los hitos que lo han ido definiendo. Por eso diseñó este recorrido a lo largo del bulevar y luego lo propuso a Jane’s Walk, con el objetivo de «generar debate y una visión crítica en torno a las últimas intervenciones» y ofensivas inmobiliarias.
 
Pero, mucho antes de la primera urbanización de la Alameda, «este espacio estaba compuesto básicamente de agua y era conocido como la Laguna de la Feria» –por el nombre que recibía el barrio próximo. Según nos explica Rubén en la parte central de esta explanada, hay dos teorías sobre su origen: o bien el rey Leovigildo, en el siglo VI, cegó el brazo del río Guadalquivir que pasaba por esta zona para provocar la sequía a los habitantes de la ciudad; o puede que esta laguna de agua estancada se formara con la ampliación de la Muralla en época almorávide, en el siglo XI. Sea como fuere, lo que sí está demostrado es que la Alameda fue urbanizada en 1574 por parte del Conde de Barajas, «en el marco de un proyecto hidráulico más amplio destinado a abastecer de agua a la ciudad a través de la Fuente del Arzobispo». Se plantaron más de 2.600 árboles (álamos y olmos, fundamentalmente) para absorber la humedad de un terreno a menudo pantanoso y se adornó en 1578 con dos columnas procedentes de un templo romano, sobre las que se situaron sendas esculturas de Julio César y Hércules, junto a las cuales iniciamos este paseo.
 
Era la primera gran intervención urbanística en un espacio público de Sevilla, y «respondía al concepto del Estado moderno y al espíritu humanista del Renacimiento». Se empezaba a considerar a las personas como elemento esencial de las ciudades, pero entonces sólo desde el punto de vista de la aristocracia. Surgieron algunas voces críticas hacia esta urbanización, aunque las obras fueron ejecutadas de forma muy rápida para la época. Incluso las columnas de estilo romano serían objeto de mofa popular en un principio, pese a que tenían la función práctica de acotar el espacio. Desde la perspectiva de Rubén, «este fue el primero de una serie de intentos por mostrarse más fuertes que la naturaleza». Sin embargo, la Muralla y las infraestructuras de drenaje no impidieron que la Alameda, por su cercanía al río y por su escasa altitud, siguiera siendo una de las zonas más inundables de Sevilla y, por ende, más insalubres. Como durante la epidemia de peste en el siglo XVII, cuando «según se cuenta la Alameda estaba tan inundada que se navegaba por ella con barcos». De hecho, ese parece ser el origen de la denominación de la cercana calle Barco, que vivió la última gran crecida en el año 1961. Nos acercamos a la esquina de otra calle anexa a la plaza, la de Santa Ana, para observar una placa que recuerda el nivel al que llegaron las aguas en aquella ocasión: hasta 30.000 personas perdieron sus casas. Pero aún hay una placa a mayor altura, en este caso referida a la inundación de 1796. Mientras hablamos del agua que crecía desde el suelo, miramos al cielo por la aparición de unos inquietantes chubascos que, por fortuna para el desarrollo del paseo, serán pasajeros.
 
Cuestión de clases
 
Además de las fuerzas de la naturaleza, a las que de alguna forma se les ha podido hacer frente desde el punto de vista urbanístico, está la gente (o la fuerza de la ciudadanía, si se quiere). En este punto del paseo, nuestro guía hace referencia a la obra del literato Vicente Espinel, quien ya en 1578 escribió una sátira sobre las prostitutas de la época. Y es que, pese a que comenzó siendo un lugar destinado a la aristocracia –que periódicamente trataría de reconquistar este preciado terreno–, pronto aparecieron otros estratos sociales, lo que en palabras de Rubén ha ido convirtiendo con el tiempo a la Alameda de Hércules en un «espacio de convivencia». Pero, en efecto, sus edificios más significativos estuvieron asociados en primera instancia a las clases nobles.
 
Como en el caso de nuestra siguiente parada, la llamada Casa de las Sirenas, actualmente convertida en centro cívico municipal. Levantado en 1864 por el Marqués de Esquivel, se trata de un edificio de estilo francés, arquitectura de la que sólo existen otros dos ejemplos en Sevilla (la Casa Rosa y el Palacio de Yanduri). Poco antes, el plan urbanístico de Balbino Marrón para la zona «ya llevaba entre sus planes ceder terrenos a la aristocracia para que construyeran sus casas en esta área, en lo que representó otro intento de domar a la Alameda».
 
Desde aquí continuamos caminando hacia uno de los kioscos actuales que ocupan el espacio central de este paseo, mientras Rubén nos recuerda que la primera licencia para kioscos de agua se concedió en el año 1865. Nos detenemos en este punto del recorrido para reflexionar sobre la relación de la cultura sevillana con este espacio y, en concreto, con lo que nuestro guía denomina «los años dorados de la Alameda» que, como en la Jazz Age, coinciden con las décadas de 1920 y 30. Ahí comienza a convertirse en un importante enclave para el flamenco, no en vano por esta zona vivieron artistas tan emblemáticos como Manolo Caracol y la Niña de los Peines. De hecho, el reputado crítico Manuel Bohórquez considera que, «por aquellos años, este barrio habría albergado un movimiento flamenco más fuerte que en la mismísima Triana».
 
También en esa época aparecerían los primeros cines de verano: hasta tres distintos simultaneaban sus proyecciones en plena Alameda. Eran, claro, películas mudas. Además, durante los descansos se hacía algo muy propio de Sevilla como era la representación de murgas, espectáculos de humor carnavalesco. En aquel contexto festivo de los años 30, seguían conviviendo diversas clases sociales sin generar excesivos conflictos, incluso cuando abundaban las casas de prostitución. «Pero la situación cambiaría tras la Guerra Civil, con la llegada de las prohibiciones. Desde entonces, esta zona pasaría a ser considerada como la periferia intramuros de la ciudad», explica Rubén. Aunque, décadas más tarde, la tensión por su reapropiación y su resignificación volvería al primer plano. Se había acabado la dictadura de Franco, pero había llegado la del mercado inmobiliario y la gentrificación –aunque por entonces nadie aquí había oído ese término.
 
El «gran pollo» y las luchas sociales
 
En 1977, se plantea por vez primera un tema que sería recurrente en las décadas posteriores: la construcción de un aparcamiento subterráneo. Sin embargo, «los movimientos sociales de la predemocracia se pusieron del lado de la Alameda, junto con el Colegio de Arquitectos, para poner freno al proyecto», con una campaña llamada Salvar la Alameda, como muestra el documental del subversivo cineasta hispalense Juan Sebastián Bollaín. Un año más tarde, la Comisión Provincial de Patrimonio rechazó el plan, oponiéndose a convertir la Alameda en una zona comercial en vez de residencial: «Hay que distinguir entre una ciudad considerada como un colector de vehículos y una ciudad considerada como el testimonio y el legado de unos hombres y de su cultura». Salvo por la circunscripción a los hombres, parece una visión centrada en las personas que bien podría firmar el movimiento Jane’s Walk.
 
Ya en la década de 1990 se volvió a acometer una intervención en la zona a través del llamado Plan Urban, que pretendía operar en el eje Alameda-San Luis. Con esta acción se buscaba la mejora de las infraestructuras, la rehabilitación del patrimonio cultural y, en última instancia (o quizás primera), la regeneración económica del área. Así, en aquellos años «el barrio se empezó a revalorizar y con ello empezaron a llegar familias a habitar sus viviendas, si bien el núcleo de delincuencia y prostitución persistía». Desde los colectivos sociales se denunciaban los efectos colaterales de un proyecto que recababa fondos europeos para la especulación urbanística, motivando además la desaparición de los comercios de siempre, la diversidad de espacios y una cierta ecología urbana. No en vano, a finales de aquel decenio se vuelve a plantear la construcción del parking.
 
Coincidiendo con las luchas antiglobalización, en 1998 se constituye una Plataforma Contra el Aparcamiento en la Alameda de Hércules. Todos estos acontecimientos y la reacción social que surgió como consecuencia aparecen reflejados en el libro colectivo El gran pollo de la Alameda, donde se explica que el parking «era una pieza más en el intento de trasformación de una zona supuestamente marginal pero estratégicamente situada, tanto por sus posibilidades residenciales como comerciales». Posteriormente surgen otros movimientos que, bajo diversas denominaciones, se van sucediendo en esta lucha: Red Alameda, La Sevilla Que Queremos, Alameda Guapa y Alameda Viva fueron algunos de los más potentes. Según Rubén, estos colectivos «perseguían que aquel espacio les siguiera sirviendo de refugio, el lugar donde ser ellos mismos», pero en la polémica sobre el aparcamiento subterráneo aparecerían también asociaciones (inscritas de forma oficial en el Registro) que «buscaban una Alameda ordenada, donde se controlara la prostitución».
 
Finalmente, en 2004 se iniciaría «un proceso de consulta a asociaciones ciudadanas donde ya se ausentaban los colectivos no registrados» –que acabarían optando por establecerse en el Pumarejo. De ahí surgiría un documento con propuestas bajo el título La Alameda que te gusta, que «planteaban poner en valor la zona, más que su turistización». Sin embargo y pese a que se consiguió paralizar el proyecto del parking, el paso de los años y la ya citada gentrificación han demostrado que planes como el Urban acabarían por lograr su cometido: encarecer los inmuebles y potenciar el consumo en nuevos establecimientos. En el año 2009 y aún con polémica, el Ayuntamiento recogió las ideas de aquel documento para emprender la última de las reurbanizaciones hasta la fecha, poniendo pavimento y una serie de nuevos equipamientos.
 
Finaliza el recorrido y Rubén abre el debate sobre esta intervención entre los paseantes. Como de costumbre, nunca llueve a gusto de todos: mientras algunos de los paseantes valoran que esta zona no sea ya «un cementerio de coches», para otros, en cambio, actuaciones municipales de la última década como la construcción de la comisaría de policía a un extremo de la Alameda, concebida como «símbolo de poder que presuntamente impone seguridad», no han hecho más que ahondar en el viejo anhelo por parte de las instituciones de amansar este lugar que solíamos vincular a la resistencia y al activismo social. La Alameda que nos gusta, la que queremos, la más guapa y viva, es la que cada ciudadana y ciudadano tiene en su cabeza, pero desde luego no debería parecerse a ningún otro lugar del mundo. Porque, atendiendo a lo que ha ocurrido aquí durante siglos, nada se le parece. La Alameda es única y no es de nadie.

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