Gestión del Patrimonio
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Distrito Centro

La Muralla de Sevilla, desmontando mitos

texto Bruno Padilla // imágenes Jane’s Walk Sevilla
 
Entre bastidores de la ciudad viva
 
Se abrió la mañana de nubes, tras los aguaceros con que despertó la ciudad, y se abrió la Muralla de la Macarena para los valientes que asistieron al primero de los paseos de Jane’s Walk Sevilla. En concreto, tuvimos acceso desde el Arco de la Macarena a la habitualmente oculta barbacana, ese primer muro bajo que forma un corredor interno de una considerable anchura y que ayudaba a defender aún mejor a la ciudad en las épocas almorávide y almohade. Ahí reside una de las creencias populares que pretendía desmentir esta ruta: la de que los restos de la Muralla que hoy se conservan procederían del periodo romano. Pero de aquella primera protección de la ciudad –mucho más pequeña– quedan pocos vestigios, como de la muralla visigoda que la reemplazaría.
 
Así nos lo hacían saber al poco de comenzar el recorrido Antonio Bizcocho y Laura Gordillo, historiadores del arte que prefieren definirse como «intérpretes del patrimonio, más que guías». Casi intérpretes de signos urbanos, se diría. Su labor, nos explicaban, es poner en valor los elementos patrimoniales, hallando así una forma de revitalizar el tejido ciudadano y vecinal. Como en el caso de este paseo, con el que querían conectar un monumento que se considera fósil (sin utilidad hoy día) con la realidad y la configuración actual de la ciudad, ya que nos proporciona información histórica que la contextualiza: «Por esta ronda histórica pasamos cada día, pero apenas se habla de la Muralla». O se la escucha, podría decirse.
 
Y es que, en base a ese conocimiento ampliable y compartible, Antonio y Laura consideran la ciudad como un elemento vivo. También la Muralla, que a lo largo de los siglos «ha servido para conectar lo íntimo con lo externo». Su primera función fue la defensiva, con la que Abderramán III pretendía evitar asaltos tan fáciles como la invasión vikinga. Así, a finales del siglo XII se convierte en uno de los recintos amurallados más importantes de Europa: un perímetro de 7,2 kilómetros, 160 torres en ese cinturón y 13 puertas de acceso, con la intención de imponer respeto frente al carácter totalmente llano de la urbe. Desde aquel momento, la población quedaría intramuros y, aunque el uso defensivo se abandonaría con el tiempo, el lienzo de muralla se mantuvo hasta finales del siglo XIX, con la llegada de la Revolución Industrial y las líneas ferroviarias.
 
Sí conservó a lo largo de los siglos otras dos funciones. Por un lado, la Muralla actuó como contención para las grandes riadas, que por ejemplo en el siglo XVI se producían cada 6 o 7 años. Por otra parte, se empezó a emplear de barrera contra las epidemias que venían de fuera, como la peste bubónica del siglo XVII, que se llevó por delante a la mitad de la población. En ese momento histórico pero ya desde época almorávide, la ciudad se abastecía desde el interior, con mercados tan antiguos como el de la calle Feria –aún existente. Ya a principios del siglo XX, Sevilla necesitaba expandirse y abrir sus arterias de cara al comercio, por lo que se empiezan a abrir huecos en la estructura mural, algo que hoy sigue generando polémica. Curiosamente, en el siglo anterior se había decidido conservar por el mismo error señalado arriba: se consideraba de origen romano y, por tanto, de gran valor. Con estos datos, Antonio daba sentido a su función de intérprete del patrimonio, señalando que en ocasiones, lo que hoy nos parece negativo, puede haber sido positivo en el pasado: «Siempre cuestionamos esas decisiones, pero en muchos casos tenían su razón de ser».
 
Continuamos el paseo en bicicleta, aprovechando que el recorrido era, como indicó Laura, «cien por cien accesible». Así, previa parada en la Puerta de Córdoba, la más antigua de las que se conservan y escenario de una de esas discutibles leyendas locales –la de San Hermenegildo–, nos dirigimos a los Jardines del Valle. En este parque no muy frecuentado por los sevillanos observamos un tramo de la Muralla apenas conocido, camuflado tras la vegetación. Quizá eso explique la situación de deterioro y abandono en que se halla, realidad que no nos impide apreciar, de la mano de nuestra intérprete patrimonial, la inteligencia constructiva de la cultura árabe, empezando –a diferencia de muchas obras actuales– por la economía de recursos: un muro tan largo tenía que ser barato, por lo que como material principal se usaría el tapial, una suerte de protohormigón que hoy día aún se emplea «en países de medio mundo», como India o Marruecos. Una arquitectura «más ecológica y más lógica», como acertadamente la definió Laura. Y hablando de ecología, mientras estamos en los Jardines y durante nuestro trayecto en bici, se hace presente el ruido del enorme tráfico en la Ronda Histórica. De hecho, asociaciones como la representada por el socioecólogo y consultor ambiental Manuel Calvo, uno de los paseantes, llevan años pidiendo que se limite el tránsito de vehículos por esta zona debido a su impacto en el entorno, «algo que además viene recogido en el PGOU».
 
Con esta reflexión en mente, continuamos por el carril-bici nuestro paseo libre de humos hasta la siguiente parada en el famoso Callejón del Agua, que conecta los Jardines de Murillo con el Barrio de Santa Cruz. Pero, ¿por qué del agua? La respuesta, una vez más, está ante nuestros ojos, en un tramo en el que se derribó la Muralla y donde apreciamos las tuberías de barro que servían para canalizar el agua del río. Una vez más, los almohades «tenían una visión estratégica de reaprovechamiento de los recursos», por lo que estas tuberías abastecían a los Alcázares pero también a las fuentes públicas. El agua, un elemento omnipresente en Al-Ándalus, también fue el motivo de la importancia que se dio a la Torre del Oro, que debía defender el puerto y las zonas comerciales asociadas, como las Atarazanas y el Arenal; por eso aquella iba a ser la mejor torre de las que sobresaldrían en la Muralla. Allí, finalizando nuestra ruta ante este imponente monumento y rodeados de turistas, Laura se preguntaba si aquel hito era propio de Jane’s Walk: «Lo bonito de esta iniciativa es descubrir lo que habitualmente no vemos de la ciudad, no la Torre del Oro». Pero sí que había cosas que descubrir en este archiconocido edificio, nos dijo. Por ejemplo, sobre el motivo real de su denominación: ni aquí se guardaba el oro de las Américas, ni estuvo nunca recubierto de oro. Lo único cierto es que entre los materiales de esta construcción abundaba la paja y, por ese motivo, aún hoy brilla a la luz del sol con tonos dorados.
 
Realidades y mitos de una Muralla que tuvimos el privilegio de conocer en este paseo, comenzando en el interior de la barbacana («Esto es un lujo», había comentado Antonio) con la increíble sensación de hallarnos aislados del tráfico y la vida que llenan a diario la Ronda de la Macarena. Como inmersos en otra época, o tal vez entre los bastidores de esa gran representación que es la ciudad. Y nosotros, no lo olvidemos, sus intérpretes y protagonistas.

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