Movilidad
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Distrito Centro

Making-of de la Sevilla peatonal

texto Enrique Hernández // imágenes Salas Mendoza
 
Muy ufanos empezamos el grupo en lo que pensábamos que iba a ser un paseo para disfrutar y valorar las ventajas de haber expropiado noventa mil metros cuadrados de territorio a los coches para dárselo a las personas. Hicimos una primera parada en la calle San Fernando, frente a la universidad, para hacer algunos comentarios sobre esta calle. Dado el solano reinante nos pusimos a la sombra de un naranjo, pero en medio de la conversación, nos llama la atención el camarero de uno de los miles de bares de la zona, ya que estaba montando los veladores y teníamos que movernos de allí. Eso o sentarnos en la terraza a consumir, claro. La sombra gratis es un bien muy escaso.
 
En la puerta de Jerez hacemos otra parada. Esta vez es el continuo tránsito de coches de caballo, y vehículos de toda clase y condición y en todas direcciones, lo que nos hace estar más pendiente de conservar el tipo que de glosar la construcción del tranvía, del metro y la creación de este nuevo gran espacio público.
 
El mito de la peatonalización vuelve a sufrir un duro golpe cuando en medio de la avenida, un ciclista insensato, que circula demasiada velocidad, se pone a increpar a un pequeño grupo de turistas que estaban parados contemplando la catedral. Le recuerdo que se trata de un carril bici compartido con preferencia peatonal, y el tipo me espeta que eso será así pero que los peatones tienen que circular. ¡Circulen, circulen! parece el lema del individuo. Según mi teoría, el peatón puede usar la calle para pasear, para pararse, o para bailar sardanas, si le apetece. Lo cual no es nada recomendable en la Avenida, por lo visto.
 
Lo que pasa en la Avenida no es normal. Ahora hay menos espacio para las personas a pié que antes de la peatonalización: además del tranvía, y el carril que hay que compartir con el inevitable 5% de malos ciclistas, tenemos toda una carrera oficial de mesas y sillas que ha crecido por doquier. Son como el colesterol que atora nuestras arterias peatonales, que impide la circulación normal de las personas, que nos dificulta pararnos a disfrutar de la calle sin tener que sentarnos a tomar un fanta. Y crece, y crece.
 
Después del mal rato, llegamos a la Plaza Nueva, donde en vez de disfrutar de uno de los lugares renacidos de Sevilla, al que después de décadas volvieron los niños y los abuelos, nos encontramos con que está repleto de caracolas de la feria del libro, instaladas muchos días antes de que empiece el evento. No hay problema en ocupar el espacio público tanto tiempo o más del necesario, claro, como no es de nadie….
 
El final del paseo, en la Campana, minimiza todos estos problemas cuando nos encontramos con el horror vacui de la Plaza del Duque, el anti-modelo de ciudad, territorio hostil, como si la antigua Plaza Nueva hubiera revivido con sus autobuses zombi, y la gente enchiquerada por verjas de hierro en estrechas aceras. El Corte Inglés estará contento, pero el espectáculo es aterrador.
 
Las conclusiones del paseo están claras. No queremos volver a ese modelo, arcaico y demencial en que se empeña Zoido. Pero lo que está pasando con la usurpación de la peatonalización merece que los ciudadanos digamos basta. Es como si un Robin Hood descerebrado, le hubiera quitado la calle a los coches para repartírsela a los bares. Claro que entre un peatón a coste cero, y un hostelero que paga, la autoridad (in)competente lo tiene claro. La peatonalización ha producido un territorio que ha sido rápidamente mercantilizado. Es una perversión en toda regla del modelo de ciudad que nos dimos, y que consta en documentos de obligado cumplimiento como el PGOU, con normas, estándares de ocupación máxima, y metro en mano.
 
Urge una segunda recuperación ciudadana del espacio peatonal de Sevilla. Jane, donde quieras que estés… ¡ayúdanos!

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