Memoria
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Distrito Centro

Oficios, el Arte de pensar con las manos

texto Bruno Padilla // imágenes Jane’s Walk Sevilla y Surnames narradores transmedia
 
Mano a mano, tiempo al tiempo
 
El dedicado a los oficios era uno de los paseos que, a priori, más expectación había generado entre los que conformaban la tercera edición de Jane’s Walk Sevilla. Algo que se confirmó cuando llegamos al punto de encuentro y pudimos observar la afluencia de público, que no sólo era amplio sino también diverso: tal vez por el día, el horario y el lugar escogidos (sábado por la mañana, centro de la ciudad), era gratificante ver el carácter familiar de los paseantes. Entre ellos, había gente menuda, pero también personas mayores que habían vivido el apogeo de muchas de esas labores que recorrimos. Una mezcla de edades que le iba como anillo al dedo a esta ruta, dedicada al conjunto de artesanos que, aún hoy día en sus talleres, continúan con el legado manual de sus antepasados y mantienen viva la memoria de esta parte de Sevilla. La continuidad de los oficios y la transmisión de conocimientos eran, de hecho, algunos de los temas sobre los que pretendía hacer reflexionar un paseo que, en esencia, colocó al paso del Tiempo como dios urbano: principal responsable de la evolución de las ciudades y sus modos de vida.
 
Como en La caverna, obra del que fuera Premio Nobel de Literatura José Saramago, donde se muestra la evolución de una sociedad postindustrial en la que dominan los centros comerciales y los trabajos artesanales tienen cada vez un rol más insignificante, aquí se trataba de dar el protagonismo a los propios artesanos para que nos desvelasen el secreto de la producción manual. Este fue el gran acierto de los guías del paseo, Pablo Pardal Redondo –arquitecto y también artesano– y Juan Alberto Romero Rodríguez –historiador–, quienes previamente habían establecido una relación de complicidad, respeto y admiración con esos recreadores de los oficios que se hacía evidente en la atención y la amabilidad que nos dispensaron en sus diferentes puestos de trabajo. Una conexión parecida a la que, según nos avanzaron Pablo y Juan Alberto al comienzo del paseo, se establece entre esos mismos artesanos, que «forman un entramado y colaboran habitualmente, tejiendo redes de solidaridad y valorización mutua». El objetivo era lograr que compartieran «su saber hacer manual y su amor al trabajo», algo que se cumpliría con creces.
 
El recorrido, de la mano de estos dos expertos en disciplinas diversas que convergen en «el gusto por el patrimonio histórico-artístico», iba a comenzar en uno de los puntos emblemáticos del casco antiguo hispalense, la Plaza de Jesús de la Pasión. Este lugar ya era conocido antes, en el siglo XVII, como Plaza del Pan, haciendo referencia a «una historia siempre ligada a lo comercial». Situada en el barrio de la Alfalfa, antiguamente ocupado por el foro romano (el centro de la vida política, social, religiosa y comercial), esta fue la primera alcaicería de Sevilla, donde se realizaba la venta de productos de lujo, como la seda. Cercana a la antigua Mezquita, en esta zona se concentraban la mayoría de las tiendas-talleres de artesanos, de ahí que hoy en día podamos reconocer la denominación de calles anexas con el nombre de antiguos oficios: Herbolarios, Boteros, Lineros, Odreros… En la actualidad, «sus usos han cambiado, pero su función en el comercio de la ciudad se mantiene».
 
Sevilla son sus oficios
 
Nada menos que cuatro generaciones han producido documentos en la Imprenta Gallardo, aún hoy activa en el callejón Empecinado –una denominación acorde con el espíritu, que no cesa, de esta labor tradicional. Nos recibe en la entrada de su taller el propio Juan Gallardo, su actual continuador, quien no obstante ha vivido de primera mano la evolución técnica del sector, desde los llamados tipos móviles inventados por Gutenberg, «el fundidor de letras», a la tecnología offset, que no ha desaparecido por la llegada de la impresión digital, como se pensó en un principio. Pablo nos habla de la relación histórica de Sevilla con el libro: fue una de las primeras ciudades españolas, junto con Segovia, en introducir las imprentas (alrededor del año 1475), y se convirtió en un negocio importante, sobre todo con el monopolio del comercio de América. Los tipos móviles suponían una revolución comercial e introdujeron una labor que pervive en Gallardo, donde hallamos un pequeño museo de la maquinaria original y donde todavía «se hacen libros línea a línea, letra a letra, tipo a tipo». La humildad de Juan no puede ocultar su condición de experto en tipografía y artes gráficas –que por algo tienen esa consideración. Mientras nos explica que el secreto de la imprenta artesanal se halla en la composición, oímos de fondo el chiflo del afilador, otro de esos oficios que remiten a tiempos remotos.
 
En la Plaza de la Pescadería, Juan Alberto nos habla acerca del origen urbanístico de este punto, que incluía callejones, entradas y salidas a la calle, soportales… todo con vista a albergar los talleres de artesanos: «Se dice que en Sevilla no se tiraba nada, todo se llevaba a arreglar». A diferencia de otras ciudades, el ensanche para la entrada de tráfico rodado en la ciudad se realizó aquí intramuros, y se eligió esta zona como centro de la actividad comercial por su cercanía con el citado Foro y por su ubicación en alto, que la resguardaba de las crecidas del agua. Es en torno a esta plaza donde surgen los gremios de artesanos, «totalmente regulados», y aunque el modelo de tienda-taller se perdería en parte con la Revolución Industrial, aún quedan negocios como el de los Joyeros Rodríguez Soriano. Sus propietarios actuales continúan la labor de su tío abuelo, un famoso fundidor de metales en tiempos de Alfonso XIII.
 
Otro de esos ejemplos cercanos de tienda-taller que sobrevivieron a la llegada de la producción industrial es la Cordonería Alba, nuestra próxima parada. Situada en la calle Francos (cuya denominación podría provenir de las franquicias que albergara la zona en su origen, siglo XIII), nos recibe ocupando la propia vía peatonal Jesús, «artesano cordonero tipificado con ese grado de especialización», según Pablo. Mientras asistimos al espectáculo de verlo trabajar con una máquina que data de 1904, despertando la curiosidad de propios y extraños, los guías del paseo hacen hincapié en la singularidad de este oficio que «hace de la calle su taller, generando vida y valor en el espacio público». Seda, lino, algodón… son algunos de los materiales con los que ha trabajado históricamente esta cordonería, que nutría a los numerosos talleres textiles, de costura y pasamanería que se concentraban en esta parte de Sevilla. «¿Y siempre sale aquí a trabajar, a la calle?», se pregunta uno de los paseantes. «Todos los días por la mañana», responde Jesús animadamente. Él fue aprendiz de este negocio cuando se realizaba en un callejón cercano, pero allí los cordones se ceñían a la escasa longitud de ese espacio. Fascinados, nos quedamos un rato más observando la pasión por su trabajo de alguien habituado a trabajar con las manos.
 
De camino a nuestro siguiente destino, alguien hace referencia al antiguo oficio de los tolderos, que también se situaban por esta zona de la ciudad. Paseantes que son testigos vivos de esa labor artesana, del mismo modo que aquel día lo estaban siendo los niños y niñas que asistían a esta clase magistral por las calles de Sevilla. En otra de ellas, nombrada Álvarez Quintero, se ubica la Joyería Reyes, cuya entrada conserva elementos de un interior modernista con origen en el año 1903. Se trata, según nos explica Pablo, de «una etapa en la que se intentaron impulsar los oficios por el temor a que la Revolución Industrial desdibujara esa producción más artística». Así, frente a la llegada de la fabricación seriada, se crean diseños que ofrecen algo singular desde el punto de vista estético, con nuevas formas sinuosas, y que se ajustan a los gustos de la burguesía. Sin embargo, «este movimiento acabaría resultando contradictorio, al convertirse en el estilo de las clases altas y generar espacios exclusivos». Algo que parecería mantenerse en el presente, ya que en este caso no se nos permite el acceso a la joyería y sólo logramos atisbar una parte de esos maravillosos frescos que se han conservado en el techo. En cualquier caso, el Modernismo supondría el renacimiento de las artes y tenemos ejemplos de él por todos lados a nuestro alrededor, en forma de rejerías, ornamentos, cerámicas y balaustradas.
 
Coleccionistas de saberes
 
Pablo pregunta la hora: las 11:55, «vamos bien». De nuevo pendientes del tiempo, esta vez para ser puntuales con las próximas visitas a artesanos, y apreciando cada minuto de este paseo. Nos detenemos brevemente ante la estatua dedicada a Martínez Montañés en la Plaza del Salvador, para comentar la histórica relación en la ciudad entre la artesanía y las temáticas religiosas –no sólo referente a la Semana Santa. La conclusión a la que llegamos con Juan Alberto es que «ambas se han retroalimentado y han impulsado de forma mutua su supervivencia», como demuestran las prestigiosas obras de imaginería en Sevilla y la importancia de la restauración, un oficio de gran vigencia aún. Así se explica que, pese a trabajar en madera, este escultor y ensamblador de retablos acabara apareciendo como figura capital en los libros de Historia del Arte. Martínez Montañés destaca además por su «alejamiento del estilo dramático y hasta macabro de sus contemporáneos, apostando por las formas clásicas y naturalistas».
 
En la misma plaza y antes de nuestra última parada, tenemos tiempo para añadir un hito (hasta cierto punto improvisado) a nuestro paseo y admirar un reloj con cerca de doscientos años de antigüedad. La oportunidad y la detallada explicación de sus mecanismos es un regalo de la relojería J. A. González, un oficio vinculado a muchos saberes (desde la astronomía a la física, pasando por las matemáticas) que «raramente se aprende fuera del ámbito familiar» y que en su origen dio lugar a verdaderas piezas de coleccionista. De este modo y como nos recuerda Pablo, este paseo nos descubre no sólo a los protagonistas de estas profesiones en vías de extinción, decisivas en la evolución de la ciudad, sino además «todo un universo de objetos singulares» que hoy en día podemos valorar en su plena extensión y complejidad. Pero antes del reloj había otras formas de recordar a la ciudadanía el paso del tiempo: las campanas. En Sevilla, una torre minarete de época pre-almohade daría lugar, siglos más tarde, al campanario desde el que se llamaba al rezo a los fieles cristianos.
 
A apenas unos metros de donde nos encontramos, accedemos por un pequeño pasaje al patio de la antigua mezquita, donde aún hoy reside y trabaja el campanero. Heredero de una tradición que se remonta a 400 años atrás, desde 1968 Antonio Mendoza Vázquez ha sido el encargado de tocar las campanas y también de fabricarlas. Nada menos que cinco generaciones de su familia han mantenido el oficio, que actualmente continúa junto a sus tres hijos; la pervivencia, pues, parecería asegurada. «El oficio está perdido, pero mientras haya iglesias habrá campanas», nos dice Antonio con una seguridad en sí mismo a prueba de bombas. Es normal, porque estamos hablando del hombre que hoy en día mantiene la técnica –que ya se empleaba hace dos siglos– de voltear las campanas en las torres de mayor altura del mundo, incluido el de la Giralda. Así lo hacía su padre, a quien apodaban el hombre mosca, y así lo siguen haciendo él y sus hijos. En un pequeño habitáculo, bajo el campanario y a la entrada de su propia vivienda, Antonio nos muestra su valioso museo particular y nos cuenta todo tipo de historias. A veces dudamos de su veracidad, pero cuando su hijo pasa y nos saluda tímidamente, comprendemos que estamos ante la última familia que desempeña este oficio en toda España, y les agradecemos que compartan con nosotros su tradición, su experiencia y, en fin, su tiempo.
 
Os dejamos este mapa interactivo con las principales paradas del paseo, cortesía de Geoinquietos Sevilla 

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