Gestión del Patrimonio
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Distrito Centro

Sevilla, paisaje urbano

La realidad y el deseo
texto Bruno Padilla // imágenes Jane´s Walk Sevilla

Sevilla no se acaba nunca

El Colegio de Geógrafos de Sevilla ha estado presente en los paseos de Jane’s Walk Sevilla desde su primera edición. En esta última, su presidente Enrique Hernández Martínez se prestó a guiarnos en un recorrido por la insatisfacción de este colectivo con el escenario urbano actual, que sufre «puñetazos constantes por la indisciplina y la falta de interés en general». En concreto, se trataba de hablar del paisaje de la ciudad, de la responsabilidad pública y privada en el mismo, planteando una relación crítica de los elementos que se puede y se debe abordar para su mejora. El complemento perfecto a su exposición de este asunto lo pondría el reconocido arquitecto Juan Ruesga Navarro, quien se había sumado a este paseo, de cernudiano subtítulo, para ayudarnos a «entrenar la vista» en torno al paisaje urbano: «Normalmente sólo miramos a la ciudad como un acto biológico más», comentaba al inicio. De ahí que este paseo pretendiese, por encima de otras consideraciones, abrir el diálogo y el debate sobre una realidad con la que convivimos a diario.

Aparte de su interés intrínseco para la ciudadanía, este asunto no puede estar más de actualidad ya que, según nos contaba Enrique, justo en los días previos a Jane’s Walk el Colegio de Geógrafos había sido invitado a participar en la Comisión de Seguimiento del PGOU. Allí pretenden que se aborde la necesidad de una ordenanza municipal en materia de paisaje urbano: «Es un derecho de los sevillanos, no un lujo, y nos daría las herramientas necesarias para tratar el tema en su integridad». A su entender, se requiere de ese espacio para, por un lado, exigir responsabilidades, y por otro, «generar consenso sobre el paisaje, haciendo que las intervenciones se hagan de forma reflexionada y participada». 

Pero, ¿a qué nos referimos al hablar de paisaje urbano? Esa fue la primera cuestión que lanzó Enrique al comenzar nuestra ruta, en el exótico cruceiro situado en el punto donde se encuentran las calles José Laguillo y María Auxiliadora. «Es lo que vemos a nuestro alrededor desde un determinado punto, o lo que es lo mismo, la expresión visual de las relaciones existentes en un territorio». Una definición que nos incluye a nosotros, como receptores de ese paisaje: «He ahí la dificultad de abordar esta materia, siempre se percibe desde la subjetividad». Digamos que, sin receptor, no hay paisaje. Algo que tiene que ver con la definición que aportaba un paseante, atribuyéndola a Víctor Fernández Salinas: «El paisaje es la mejor expresión de una comunidad». Puede decirse entonces que ofrece un cierto retrato de la sociedad: equilibrada o no, desordenada o lo contrario, estéticamente armoniosa o desaliñada… Por tanto, el debate se centraría en el equilibrio entre lo subjetivo y lo comunitario; o entre la imagen que de sí misma tiene la ciudad y la que ofrece a quien la visita. Junto a estas dicotomías se encuentra, como planteaba otra paseante, un contexto histórico insoslayable: «Hoy en día es difícil diferenciar el paisaje de las grandes ciudades», dijo recordando la homogeneidad impuesta por la globalización económica.

 Sea como fuere, lo importante es pensar en el paisaje urbano como un todo y tener una visión de conjunto. Así nos lo hizo ver Juan Ruesga en nuestra siguiente parada, a la altura de Puerta Osario siguiendo la Ronda Histórica. De hecho, «los grandes viarios de tráfico como este suponen un importante impacto en el paisaje». Cualquier fachada de la ciudad puede ser pensada en estos términos: por ejemplo, hay una cierta estética que se debería respetar, «no podemos hacer una distinción entre lo que es patrimonio y todo lo demás». Ese criterio lo aporta Juan en la Comisión Local de Patrimonio, donde se analizan las licencias de obra y se sancionan cuestiones como la colocación de rótulos luminosos. Sin embargo, la gestión del paisaje por medios administrativos es insuficiente, ya que a menudo «actúa sólo para quienes piden permiso». Por eso, en su opinión, «debe haber una sensibilidad social previa a la normativa para reivindicar disciplina». En ese empeño, dirigimos nuestra mirada de arriba abajo, apreciando la serenidad que produce el hecho de que los comercios se integren en la imagen de un determinado edificio.

Cachivaches urbanos

Caminando en dirección al centro histórico de Sevilla, nos detenemos en la Plaza Padre Jerónimo de Córdoba, que «contiene un buen catálogo de cachivaches urbanos y representa el paroxismo de elementos que pueblan la ciudad», en palabras de Enrique Hernández. Es un buen lugar para repasar junto a él los elementos que componen el paisaje urbano: desde las fachadas (toldos, rótulos) a las instalaciones (antenas, aparatos de aire acondicionado) y los carteles de obra, pasando por los situados en el viario (calzada, pérgolas, bancos, estatuaria, terrazas, soportes publicitarios), los servicios urbanos (telefonía, buzones), las zonas verdes o las vallas, por citar sólo algunos de los más habituales. Echando un vistazo rápido a nuestro alrededor, se hace evidente la sobrexposición de elementos. Enrique plantea algunas preguntas en ese sentido: «¿Es indispensable poner una señal de tráfico cada dos metros? ¿Sería conveniente que tuvieran el mismo tamaño o que algunas se pintaran en el suelo?». Pero las intervenciones municipales no son las únicas que atentan contra la armonía del paisaje. En el kiosco de la plaza comprobamos la «indisciplina de algunos comerciantes, que llevan a cabo una apropiación permanente del espacio público», un problema que también generan a menudo los veladores de los bares.

Esa tensión entre lo público y lo privado reflejada en el paisaje también se manifiesta en los elementos del mobiliario urbano, que la administración compra a empresas externas, por lo que cada uno presenta un diseño y un tipo de materiales. «El resultado es la escasa homogeneización, el desequilibrio y la distorsión paisajística», concluye Enrique. Algo que afecta aún más cuando nos hallamos cerca de un Bien de Interés Cultural (BIC) como el de la Iglesia de Santa Catalina: «Las normativas no sólo deberían proteger el BIC en sí mismo, sino también su entorno», comenta Juan Ruesga señalando una farola pintada de un intenso color amarillo. En este caso, además, no hay ninguna señal que interprete el monumento. «El patrimonio en Sevilla tiene un problema de legibilidad, habría que dotarlo de información para la ciudadanía». A ello se suma el hecho de que casi todo el patrimonio eclesiástico se encuentre cerrado al público. También respecto a la intervención prevista en este templo, Juan advierte acerca del riesgo de llevar al extremo el concepto actual de cosas que no se pueden tocar: «Las ciudades no se han terminado ni se van a acabar nunca».

Un debate, el de los cambios, que también afecta al patrimonio natural de la ciudad. El arbolado en la Plaza de San Pedro «es una parte constitutiva del paisaje de primer orden, pero no es mobiliario urbano», nos recuerda Enrique. El experto en planificación estratégica urbana nos cuenta que hay una corriente de opinión que sostiene que los árboles nos preceden y suceden, y por tanto deben ser considerados como otro habitante vivo de la ciudad. En este momento del paseo estamos ante un enorme ficus, que «caracteriza mucho visualmente esta plaza». No obstante, este tipo de jardines son relativamente recientes en la historia: no es hasta finales del siglo XIX cuando empiezan a proliferar, «antes no había un gusto por la arboleda paisajística con un criterio estético». Con esta afirmación, Enrique nos hace ver que el concepto de paisaje urbano varía con el tiempo y que, de nuevo, se puede regir por las preferencias coyunturales (y hasta cierto punto subjetivas) del momento. «Los beneficios de la arboleda no los vamos a comentar: ecológicos, climatológicos, turísticos…», incluso en especies poco apreciadas en Sevilla como el naranjo amargo: «podría instaurarse una fiesta de la recogida, como se hace en otras ciudades», pero según el presidente del Colegio de Geógrafos «tendemos a subestimar sus valores culturales y gastronómicos». En cualquier caso, existe una permanente tensión en torno a las intervenciones en forma de poda por parte del servicio municipal de Parques y Jardines. ¿Son demasiadas o son pocas? A este respecto, Juan vuelve a cuestionar la intocabilidad de los elementos del paisaje: «Hay que convivir con el árbol y respetarlo, pero si se hace necesario podarlo o desplazarlo, se debe hacer». Muchas veces el problema viene de la falta de conexión entre quien planea o diseña el parque y quien lo mantiene, al fin y al cabo aquí se trata de «situar el árbol adecuado en el sitio adecuado». 

En busca del consenso

Llegamos a la calle Imagen y a lo que Enrique Hernández considera «el centro del debate urbanístico actual en Sevilla»: ¿podemos sustituir unos edificios por otros, como se ha venido haciendo históricamente, o es preferible incorporar o integrar los nuevos elementos, como se defiende ahora? ¿Cómo y quién decide sobre estas cuestiones? Juan Ruesga, que siempre ha reivindicado la arquitectura de esta céntrica vía sevillana, nos recuerda que «antes de la historia de los edificios, está la historia de la ciudad». En este caso, la intervención de 1895 respondía a la necesidad de ensanchar el acceso para la llegada de tráfico rodado al Ayuntamiento. Ahora bien, ¿el motivo de que se cuestione el aspecto de esta zona es su estilo arquitectónico –enmarcado en el movimiento moderno– o su apariencia? «El problema es que continuamente surgen nuevas corrientes de opinión estética a partir las cuales ponemos en cuestión edificios de otra época», asegura Juan. Para ejemplificar lo arbitrario de esta forma de juzgar el paisaje, rememora cómo el Quijote fue considerado durante siglos como una obra humorística, hasta que la crítica modificó su valoración; del mismo modo que la obra del pintor Murillo no siempre se tuvo en la estima actual.

Lo importante para el arquitecto hispalense es pensar que «un cambio en el paisaje urbano nos afectará para siempre probablemente, por eso nadie debería arrojarse el derecho a intervenir en él sin un mínimo consenso social». Esa es la palabra clave en este final de recorrido: consenso. Y si hay una zona de Sevilla en la que ha costado llegar a él (si es que se ha llegado), es la Plaza de la Encarnación y las célebres Setas, en palabras de Enrique «la mayor aportación urbanística de la ciudad en las últimas décadas». La complejidad era integrar la estructura de madera más grande del mundo en el paisaje circundante y, si bien no hubo un consenso sobre su implantación (menos aún tras las noticias que nos hablaron del coste y el sobrecoste de la obra), al menos tras estos cinco años desde su inauguración sí que muchos paseantes parecemos estar de acuerdo en que ha revitalizado esta zona, sobre todo desde el punto de vista turístico y comercial. «Ha logrado cambiar la opinión de mucha gente sobre su conveniencia», dice una paseante. Otra opina que «aquí se hace de todo un drama, los sevillanos tenemos pánico a los cambios».

Lo que nunca han faltado son opiniones, y no deberían faltar, pero Enrique aboga por valorar este tipo de intervenciones de forma racional. La Guía del Paisaje Histórico Urbano de Sevilla, editada recientemente por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), contiene propuestas para abordar de forma amplia el debate paisajístico. Así, aunque reconoce la dificultad de prever impactos futuros («el tiempo juega un gran papel»), ofrece una serie de indicadores para evaluar los proyectos: de lo arquitectónico a lo histórico, pasando por lo cultural, lo económico, el impacto visual y ecológico… hasta más de veinte elementos. A diferencia del debate social sobre las Setas, que se produjo a posteriori, «someterse a estos escrutinios podría ser muy positivo y del todo realizable, ya que hoy día tenemos mecanismos y herramientas tecnológicas para ampliar la participación ciudadana», señala Enrique. Una idea más para transitar de lo subjetivo a lo consensuado y para hacer del paisaje un asunto ciudadano. 

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