Paseos
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Distrito Los Remedios

Urbanismos del folclore

Feria, ciudad con ley
Una crónica de Bruno Padilla
 
Ya fuese por devoción, aversión –coraje, como aquí se suele decir– o mera curiosidad, el paseo por la Feria de Abril era uno de los que había generado mayor expectación en esta edición de Jane’s Walk Sevilla. Propuesto por el colectivo de arquitectura y diseño urbano Lugadero, se respondía así a la coincidencia en fechas de este primer fin de semana de mayo con una Feria bastante tardía que contradecía su propio nombre. La primera de las diversas contradicciones que presenta esta fiesta local, como iríamos descubriendo a lo largo de la mañana.
 
“No nos hemos podido resistir”, admitía Javier Martínez desde la presentación de esta suerte de yincana a través del Real de la Feria. Un lugar que, como destacaba nuestro walk leader, “solo existe siete días al año, así que debemos sentirnos muy privilegiados en este momento”. En Lugadero siempre han estado interesados en la arquitectura efímera, “y en Sevilla somos expertos en este tipo de estructuras pop-up”. Según Javier, la Expo’92 fue el culmen de esta forma de urbanismo de quita y pon (“la montamos y, acto seguido, la abandonamos”), por eso tiene sentido que empecemos esta ruta bajo la portada de este año, que celebraba el 25 aniversario de la exposición universal. También nos interesa la visión del foráneo, como en el caso del cordobés Antonio Laguna, uno de los impulsores de JWS: “Llevo muchos años en la ciudad, pero cuando me acerco a la portada me sigue intimidando”.
 
Las cifras que se mueven en torno a este gran evento también dan miedo, y tal vez cierto recelo, sobre todo este año en el que han generado tanto debate. Por un lado, en torno a la cantidad de días que dura la Feria, que ha pasado a ser de siete, convirtiéndose en la más larga de su historia tras un plebiscito sin precedentes. De ahí se ha desplazado la discusión al número de visitantes de esta edición, que el Ayuntamiento ha estimado en cuatro millones siguiendo la proyección de un estudio elaborado por la Universidad de Sevilla en 2009 y dirigido por Luis Palma, quien ya ha demostrado su apego por las tradiciones en otras investigaciones. Luego hay datos curiosos que, pese a su poco glamur, se usan como evidencia del crecimiento de este evento, como el hecho de que la basura recogida por Lipasam haya sido un 23% más que en 2016. Buena cosa, nos dicen. También se ha afirmado, siguiendo la proyección de estos ocho años desde que la US abordara la cuestión, que la Feria generaría más del 3% del PIB anual de la ciudad y que el montaje/desmontaje de esta obra efímera movería unos 700 millones de euros en la actualidad. Puede ser. Lo que sí sabemos con certeza es la gran extensión de este recinto, cifrada en 275.000 m2.
 
Quienes vivimos en Sevilla sabemos, además, que muchas familias vuelcan su economía anual en esta semana –en vez de, por ejemplo, irse de vacaciones–, incluso hay quienes piden micropréstamos de hasta 6.000 euros para financiarse fiestas como esta. Asimismo, la Feria sirve de escenario para “relaciones sociales de alta intensidad”, como las define Javier, y de algún modo también es un espacio de negocios y de representación institucional. “La Feria es muy teatral, se podría decir que tiene un escenario visible y una trasera no contada u ordenada”. En efecto, el conjunto del recinto sí que está claramente estructurado (“con forma de campamento romano”) y regulado en base a unas estrictas ordenanzas municipales de 16 páginas. En ellas se define todo el componente estético –escénico– de este asentamiento semanal, así como el funcionamiento jurídico de esta pequeña ciudad del salero. Desde la estructura de los módulos de casetas a la pañoleta frontal, pasando por el color de las lonas (blanco-rojo o blanco-verde) y la anchura de las franjas (10 cm.), todo está definido en este documento «con el objeto de mantener el ornato, armonía y uniformidad del conjunto» (sic). Esto significa que el incumplimiento de las normas puede suponer  amonestaciones y sanciones, administradas por los técnicos municipales que vigilan el respeto a la tradición.
 
Usos comerciales del Real
 
Uno de los pocos lugares en el Real que se sale de esa regla general es el punto donde hacemos nuestro primer alto: la llamada Plaza de las Buñueleras, el único espacio público de todo el recinto. Aquí la decoración no obliga como en el resto, y observamos predominio del encaje. Eso sí, en esta pequeña plaza la normativa prohíbe cualquier atisbo de concentración de personas. “Al final estas reglas del juego, algunas de ellas no escritas, tienen que ver con el uso netamente comercial del espacio”, expone Javier. En esencia, la Plaza de las Buñueleras –como la mayoría de la Feria– es un sitio para consumir; en este caso, los famosos buñuelos de las gitanas. Desde esta zona seguimos bordeando el recinto a lo largo de su fachada exterior, fijándonos en los singulares nombres de las casetas, como la de Los Sin Paseíto, que nos hace sonreír por la paradoja. Desde aquí nos fijamos en el código de circulación para coches de caballos y otros vehículos, perfectamente reflejado en las citadas ordenanzas. Y también por esta área nos muestra Javier algunos de los “sorprendentes servicios” que se ofrecen al público, como un taller de costura (para cualquier desperfecto o avería en los trajes) o la típica caseta de los Niños Perdidos.
 
Pero donde a los niños más les gusta perderse es en la llamada Calle del Infierno, zona donde se sitúan las atracciones (para muchos sevillanos, cacharritos o calesitas). Este año tiene un hilo musical uniforme, el denominado Canal Feria, y así la banda sonora no varía en cada atracción, lo que en palabras de Javier “seguiría ahondando en esa búsqueda del equilibrio y la armonía constante propia del recinto”. Y lo cierto es que, a oídos de quienes estábamos acostumbrados al antiguo caos, resulta raro percibir esta nueva sintonía. Es como si se le hubiera restado infierno a la calle. También es cierto que todo en esta parte resulta algo extraño como paisaje descontextualizado: entre el grupo de paseantes, una de las atracciones que más comentarios provoca es una enorme noria con el símbolo del dólar en el centro. Aquí se encuentra, no en vano, otro de los puntos importantes de consumo de la Feria y una notable fuente de ingresos para las familias que en él trabajan. Como para las que trabajan para el Gran Circo Mundial y viven, durante esta semana, en la zona que se extiende más allá de los confines de la Calle del Infierno. Desde la valla de acceso, observamos la gran extensión de unos 30.000 metros cuadrados (“parece otra ciudad”) ocupada por tráileres y por los empleados del mayor espectáculo del mundo –a los que en Estados Unidos llamarían carnies.
 
Por fin llegamos a uno de los momentos cumbre del paseo cuando nos disponemos a entrar a una de las casetas, pero no a una cualquiera. Para observar la Feria desde dentro, la gente de Lugadero ha dispuesto una parada en la caseta para turistas, una de las grandes novedades de esta edición. Esta iniciativa de la Corporación Municipal vendría a cubrir una de las carencias de esta celebración de la sevillanía: el hecho de que, entre las 1.051 casetas que contiene el recinto en 2017, solo haya 18 de carácter público; si bien no es tan difícil entrar en muchas de ellas, siempre que el grupo de visitantes sea reducido y haya hueco dentro, claro. Esta deferencia hacia el turista se ha erigido sobre la antigua caseta de Abengoa, según nos cuenta Javier en la entrada, lo que no deja de resultar tan paradójico como significativo: “Está claro que la empresa no pasa por sus mejores momentos, lo que la ha llevado a una desaparición económica y social”. Frente a ello, la recién estrenada caseta para turistas aporta una innovación que no pasamos por alto: es la única que alberga en su interior un cajero automático. Así pues, nos dejamos contaminar del espíritu anticrisis y pedimos unos rebujitos mientras algún paseante se lanza a bailar por sevillanas. Este paseo ya no hay quien lo pare.
 
La arquitectura (efímera) como exhibición de poder
 
Ya en modo Feria y de camino a la portada para completar nuestro relato-recorrido circular, nos detenemos ante algunas otras casetas especiales para seguir hablando de la arquitectura del Real. Por ejemplo, las ganadoras del Concurso de Exornos de esta edición, ambas de estilo muy barroco: “Se parecen al Garlochí”, dice alguien. La estética tan recargada es, en buena medida, herencia del pintor gibraltareño afincado en Sevilla Gustavo Bacarisas, quien ideó los diseños predominantes –y que se comenzarían a regular hace casi 35 años– en los años de eclosión del regionalismo. “Una corriente reciente en la Historia”, según Javier, “lejos de poder considerarse como el modelo arquitectónico sevillano por antonomasia”. Sea como fuere su concepción estética, lo que resulta evidente es que “ciertas casetas, sobre todo las de tres o cuatro módulos, son auténticas exhibiciones de poder”, comenta mientras pasamos por la puerta de la del Club Pineda.
 
Pero para exhibición, la de la portada de la Feria, frente a la que nos volvemos a situar. No es casual el hecho de que nuestra visita haya comenzado y vaya a terminar aquí: Lugadero presentó para esta edición dos diseños de portada (“uno que pensamos podría haber ganado y otro que nos hubiera encantado que ganara”). De hecho, no es la primera vez que envían sus propuestas, ya que se lo plantean como “una situación divertida”. También sabemos que arquitectos tan populares en Sevilla como el alemán Jürgen Mayer han realizado otras propuestas innovadoras. Pero, ¿hay algún interés en que la portada no evolucione?, nos preguntamos. “Los trajes de flamenca sí que lo han hecho”, dice Marta Morera, otra de las integrantes del estudio hispalense. Lo que también ha cambiado este año es el hecho de que la temática de la portada viniese fijada por el Ayuntamiento –la mencionada Expo’92: “A fin de cuentas, es una forma de implantar una determinada imagen de la ciudad”, afirma Javier. Y a hablar de cuentas, al debate y la reflexión sobre ellas, dedicamos los últimos momentos del paseo.
 
¿Sabemos los sevillanos que el presupuesto para realizar la portada de este año es de 540.000 euros? ¿Estamos al tanto de que cada año el montaje se empieza meses antes y siempre desde cero? ¿Se contrastan estos datos con los que hablan del PIB que supone la Feria para la ciudad? ¿Es este un coste razonable para adornar el acceso a un recinto que se mantiene abierto durante 7 días al año? Cuestiones todas ellas que quedan en el aire, no sin alguna que otra creativa ocurrencia para sufragar la portada, como la de que fuese hinchable o la de que se cobrase un euro por cada selfie que se hiciese con aquélla de fondo. Como dice la sevillana: Maldito sea el dinero.
 
Urbanismos del folclore, un paseo propuesto por:
Lugadero es una oficina transdisciplinar integrada por profesionales del arte, la arquitectura, el diseño urbano, la gestión cultural y la comunicación. Lugadero es «un lugar posible, un lugar en el que se hacen lugares, un grupo abierto de personas que idean y construyen lugares.

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